Mi madre.

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Mi madre.

Me llamo Ramón, soy hijo único y cuando cumplí los dieciocho años mi vida cambió radicalmente. Siempre hemos vividos mis padres y yo juntos, hasta que cumplí los dieciocho años. Mi padre era un hombre demasiado autoritario, mi madre vivía supeditada a su voluntad. Ella, aunque trabajaba como secretaria en una empresa pública, no podía hacer otra cosa más que su trabajo y lo que su “hombre” le mandara. Laura es su nombre. Siempre me ha parecido de las mujeres más bonitas… o puede ser que por ser su hijo siempre me haya tenido esta impresión.

Recuerdo cuando era un niño y me llevaba al colegio, allí hablaba con las madres de mis compañeros y la veía alegre y su cara parecía que se iluminaba, todo lo contrario a cuando estaba mi padre presente, en ese momento, ella era anulada y sólo se hacía la voluntad de su “hombre”. Sólo salía de casa en compañía de él y la mayoría de la veces mi padre estaba de viaje por negocios, de forma que casi todo el tiempo lo pasaba encerrada en casa.

 

Me sorprendió muchísimo el día de mi cumpleaños, el día que cumplí los dieciocho años. Aquel día celebramos mi cumpleaños en casa, como todos los años, con una tarta tras el almuerzo. Tras apagar las velas, mi madre me trajo su regalo envuelto.

-¡Toma cariño! – Me dijo con una gran sonrisa al darme el regalo. - ¡Y esto para ti! – Le tiró un puñado de papeles a mi padre en la mesa.

Mi padre empezó a leer y se puso como una fiera cuando comprendió que su mujer había iniciado los trámites para la separación. Nunca vi que mi padre pegara a mi madre, maltrato físico nunca hubo, pero siempre la maltrató sicológicamente y pude ver como en aquel momento mi madre era más fuerte de lo que nunca había mostrado, plantándole cara a su marido. Él se levantó de la mesa enfurecido y abandonó la casa.

Desde entonces no he visto ni he querido verlo más. Tras la marcha de mi padre quedé con mi madre llorando en la mesa. No era un llanto de pena, estaba soltando toda la rabia y la frustración que había sentido tantos años mientras yo era menor de edad. Durante unos minutos la intenté consolar hasta que dejó de llorar.

-¡Hijo, a partir de ahora tendremos una vida nueva y feliz! – La abracé y los dos comenzamos esa vida que ella esperaba.

Y así fue, durante el siguiente año ella cambió de actitud, la veía más feliz. Ya no tenía que hacer su vida en función de las decisiones de nadie, mis tías la visitaban a menudo y todo cambiaba poco a poco. Todo menos que siempre estaba en casa, sola cuando no la visitaban. No salía con ninguna amiga, es más, parecía que no tenía amigas más allá de sus hermanas. Y así, aunque el no vivir bajo la opresión de mi padre la hacía feliz, yo quería que saliera y llegó de nuevo mi cumpleaños y tras el almuerzo llegó mi tarta.

-¡Felicidades hijo! – Me dijo.

-¡Felicidades a ti también pues hace un años decidiste liberarte de papá y se te ve más feliz!

-Sí… La verdad es que este último año me ha hecho estar más tranquila… - Quedó pensativa. – No te he comprado ningún regalo ¿qué quieres? – Pensé por unos instantes.

-¡Ya sé el regalo que quiero! – Le agarré la mano con cariño. - ¡Invítame al cine y pasamos toda la tarde por ahí! – Ella sonrió dulcemente. - ¡Ponte guapa y nos vamos!

Tras comer la tarta y recogerlo todo, nos fuimos cada uno a nuestra habitación para vestirnos. Me puse mis mejores ropas y me arreglé para acompañar a mi hermosa madre. Esperé en el salón a que mi madre acabara y cuando entró allí quedé impresionado de la hermosura de aquella mujer. Estaba preciosa vestida con su traje de chaqueta que envolvía su delicioso cuerpo maduro. Su pelo castaño y rizado enmarcaba sus ojos verdes, sus rojos labios… Su traje ceñido mostraba las generosas curvas que a sus cuarenta y un años le hacían una mujer muy deseable.

-¿Estoy bien? – Me preguntó y mis ojos de par en par, mi expresión fueron suficiente para mostrarle que estaba estupenda. - ¡Tal vez vaya demasiado vestida como una madre! ¡Tendremos que pasar por el centro comercial para buscar alguna ropa para la próxima vez que vaya con un chico tan joven y guapo como tú!

Aquellas palabras de mi madre me hicieron sonrojarme un poco, nunca me consideré guapo, pero la sensación que me había producido ver a mi madre tan hermosa y aquel piropo que me había lanzado me hicieron sentir cuando menos raro y algo pudoroso.

Y así salimos los dos de casa hasta que estuvimos en el centro comercial. Me sentía algo asustado de ir acompañando a aquella mujer conseguía que la mayoría de los hombre volvieran la cabeza para contemplarla. Ella era consciente de aquello y parecía que disfrutaba de ello, incluso más cuando veía como me ruborizaba al agarrarse a mi brazo.

-¡Qué feliz soy de ir del brazo de un chico tan guapo por la calle! – Me decía al oído a la vez que se colgaba de mi brazo indicando quién era su acompañante. - ¡Seguro que soy la envidia de todas esas viejas que nos miran! – Me daba un beso en la mejilla que hacía que un calor raro me invadiera por dentro.

Estaba entre la ropa buscando cosas que comprarse, la veía disfrutar con aquello, cogiendo todo tipo de prendas para probárselas, utilizándome como porteador de aquellas prendas que envolverían su cuerpo. Cuando tuvo unas cuantas entre pantalones, camisas y demás, nos fuimos a los probadores. Entramos en uno y solté todas las prendas.

-¿A dónde vas? – Me preguntó al ver que iba a salir mientras se quitaba la chaqueta. - ¡Necesito que me ayudes y me digas cómo me quedan!

No dije nada, me volví y me senté en el rincón en el que había un pequeño taburete. Ella no sentía pudor mientras se iba quitando su camisa y me mostraba su torso, su espalda…

-Bájame la cremallera de la falda. – Me dijo mientras  colocaba su redondo y respingón culo delante de mi cara.

Mi primer impulso era poner las dos manos sobre aquel culo redondo y saborear su tacto, pero era mi madre y no podía hacer aquello, mi pene se sintió extrañamente excitado y empezó a crecer levemente bajo mi pantalón.

-¡Tira de la falda que me cuesta sacarla! – Me dijo sin dejar de darme la espalda y mirándome por el espejo con una sonrisa pícara en su hermosa boca. - ¡Me estoy poniendo cada día más gorda!

Tiré del bajo de la falda y su redondo culo fue apareciendo ante mis ojos. Nunca hubiera imaginado que mi madre utilizara ese tipo de prendas íntimas, los cachetes de su culo aparecieron, en el inicio de la raja de su culo había un triangulito de tela de la que partían tres finas cintas, dos por ambos lados de su cintura y la otra se perdía en el oscuro espacio que separaba sus cachetes. Nunca entendí el incontrolable deseo que me invadió, deseé morder aquellos redondos cachetes que mi madre me mostraba. La falda cayó al suelo y ella sacó sus pies, recogí la falda.

-Nunca he utilizado unas bragas de estas. – Me dijo mientras se giraba para colocarse frente a mí. - ¿Te gustan?

Ahora tenía frente a mí su pubis, su hermoso y maternal pubis… Aquella fina y diminuta tela tapaba lo suficiente para que su sexo no se pudiera ver… Ningún pelo asomaba por el filo de la tela, nunca hubiera imaginado que mi madre se depilara tan íntima parte de su cuerpo… Las finas cintas que rodeaban sus caderas las enmarcaban haciéndola excitante… demasiado excitante para ser mi madre… Mi mente estaba embriagada por la imagen de aquella hermosa mujer… por mi madre. Mis ojos no se apartaban de su sexo, disfrutando al ver como la tela se perdía entre sus piernas, imaginando cómo sería lo que con tanto celo guardaban, cómo sería el sexo de mi madre… Mi pene reaccionó y la erección era cada vez más evidente.

Se probó cada una de las prendas y yo disfrutaba de la vista de su hermoso cuerpo con la agradable sensación de excitación que me producía mi madre. Así, en unos minutos tuve los dos brazos llenos de ropas, en uno la que se iba a quedar, en el otro la que dejaba. La vi como volvía a vestirse y salimos.

Tras la compra pusimos rumbo al cine. Llegamos y sacamos las entradas para una película que ella quiso ver, una de terror. A mí particularmente no me gustan ese tipo de películas, me aburren, pero ella quería verla y aquella noche sus deseos era lo único que contaba en mi vida. Todavía quedaba más de media hora para entrar en la sala, así que nos acercamos a un bar que había y nos sentamos para tomar algo. Mientras bebíamos charlamos un poco.

-Ramón… - Me dijo después de unos minutos de hablar de estudios y cosas que teníamos que hacer en casa. - ¡Nunca me has contado nada de tus lances con las chicas! – Por alguna extraña razón me ruboricé cuando mi madre empezó a hablarme sobre las chicas. - ¿Te gusta alguna chica?

Quedé un poco pensativo y la verdad es que estaba tonteando con alguna, nada de salir ni nada de eso, pero realmente ninguna me llegó a excitar tanto como mi madre aquella tarde. Dudé un poco y le contesté.

-¡Bueno… Hay una… Pero será difícil conseguirla! – Le comenté medio balbuceando como un idiota. - ¡Más que difícil es imposible…!

-¡Vamos, mi chico es guapo y bien parecido! – Me dijo sonriendo y acariciando mi cara. - ¡Seguro que no será tan difícil!

-Yo aseguraría que es imposible… - Miré al suelo medio avergonzado. – Por raro que te parezca es una mujer mayor que yo…

Aún no encuentro explicación a aquello que le dije. En realidad me estaba refiriendo a ella, en aquel momento y de forma inconsciente me había dado cuenta que me había enamorado de ella, durante el último año en que vivimos solos, mi sentimiento hacia mi madre había pasado del cariño de un hijo al amor de un hombre. Además desde que era un niño, no había vuelto a ver a mi madre desnuda y tan cerca como aquella tarde y su cuerpo me produjo una excitación que me confirmó que no sólo quería tener a mi madre como lo que era, mi madre, si no que además mi cuerpo necesitaba poseer el suyo y darle todo el placer que ella necesitara.

-¿Demasiado mayor…? – Me empezaba a interrogar para saber quién podía ser. - ¿Cómo tu madre o menos?

-¡Mamá! – Empecé a sentirme algo abrumado por el interrogatorio. – Me cuesta reprimir esto para tener que darte explicaciones…

-¡Perdona Ramón! – Su mano acarició mi cara y sentí el impulso de agarrarla y besarla. Mi sentimiento estaba creciendo y cada vez me costaba más reprimirlo. – Si necesitas hablar con alguien o cualquier tipo de ayuda, cuenta conmigo. – Su mano agarró la mía y sentí su amorosa caricia. – ¡Anda, vamos a la sala que va a empezar la película!

Entramos en la sala a media luz. Mi madre llevaba las palomitas y las bebidas en las manos y yo la agarré por la cintura para guiarla y que no se cayera. Podía sentir su cuerpo, estaba muy pegado a ella, su delicioso aroma me gustaba y me acercaba a ella para hablarle al oído mientras sonaban los anuncios en la pantalla. Subimos por la escalera hasta llegar a nuestra fila. Parecía que la sala estaba vacía. Encontramos nuestras butacas, miré y no apreciaba ninguna cabeza sobresaliendo de las demás butacas. Agarré las bebidas y mi madre se sentó, se las devolví y me senté junto a ella. Colocamos las cosas y ella me miró. Estaba más hermosa con aquella débil luz que nos devolvía la pantalla. Sonreía y disfrutaba al estar juntos en aquella sala.

-¿No hay nadie? – Me preguntó.

-¡Parece que no!

-¡Menos mal que eres mi hijo, si no hubiera pensado que me habías traído para aprovecharte de mí! – Rió y sus palabras me produjeron de nuevo excitación, si pudiera meterle mano allí en la oscuridad de la sala…

-¡Pero la película la has elegido tú! – Le respondí desafiante. - ¿No será que te gusta pervertir a los chicos vírgenes en el cine? – Me di cuenta cuando ya había hablado.

-¡Si además de joven es virgen, eso lo hace más excitante! – Bromeó y empezó la película.

No recuerdo el título de la película, ni siquiera recuerdo de que iba. Lo único que recuerdo era la dulce excitación que me producía tener a mi madre junto a mí. Aquella mujer de cuarenta y un años que me había parido, ahora despertaba en mí aquellos sentimientos que tendrían que ser despertados por una chica joven, pero no, era ella quien conseguía enamorar mi corazón y excitar mi cuerpo.

Al poco de empezar se agarró mi brazo y se abrazó para no soltarme durante todo el tiempo que duró la proyección. Con cada susto que daba la película, ella se agarraba más a mí, la tenía tan cerca que deseaba abrazarla y besarla. Todo mi cuerpo estaba excitado con ella. Dejé caer mi mano y la coloqué sobre uno de sus muslos, podía sentir su suave piel. Ella se agitaba y la palma de mi mano recorría parte de su pierna para sentirla, mi pene empujaba mi pantalón deseándola. Una de sus manos se colocó sobre mi mano y agitada me acarició hasta que nuestros dedos se entrelazaron.

-¿Te da miedo? – Le pregunté.

-¡Me asusto! – Me contestó. - ¡Perdona si no te dejo ver la película bien!

-¡No te preocupes, estoy disfrutando viéndote asustada! – “Y sintiendo tu cuerpo” pensé. - ¿Si quieres te abrazo, mamá?

Yo no me había dado cuenta, pero los brazos de aquellos asientos se podían levantar independientemente y antes de que me diera cuenta, ella levantó el que nos separaba y pasó mi brazo por encima de su cabeza para que la abrazara por la cintura. Se acercó a mí más aún y la rodeé con el otro brazo. Inconscientemente besé su cabeza mientras con mis brazos podía sentir su cuerpo que vibraba por el miedo que le producía la película. Yo ya no veía la película, en aquella sala solamente estaba mi madre, olía su pelo, sentía su calido cuerpo junto al mío, mi excitación crecía al igual que mi pene que cada vez empujaba más en mi pantalón. Fue más de una hora en la que pude disfrutar del contacto del cuerpo de mi madre, de mi amada madre, la mujer de la que me había enamorado.

Salimos de la sala y al llegar a la calle era de noche. Hacía un poco de frío y ella protestó. Me quité la chaquetilla que llevaba y se la coloqué por encima.

-¡Vaya, diría que estás cotejándome! – Rió divertida al ver que la abracé.

-¡Perdona! – Me sonrojé y la solté inmediatamente.

-¡Vamos tonto! – Me dijo agarrando mi brazo para que la rodeara con él. - ¡Soy tu madre! – Nunca había visto una sonrisa tan excitante en una mujer, nunca en mi madre. - ¿Tú no intentarías aprovecharte de tu pobre madre? – Aquella sonrisa no se borraba y aquellas palabras parecían que la excitaban a ella. - ¡Soy una mujer a la que hace mucho que no aman! – Ya empezó a darme miedo, pero la excitación no desaparecía.

De camino a casa mi pensamiento me hundió en un pozo de desesperación, me sentía atraído sexualmente por mi madre, me sentía enamorado de aquella mujer que me había parido, me había criado… Aquello era incesto. Nunca pensé, ni siquiera en mis más perversas fantasías, tener relaciones sexuales con ella, pero aquella tarde su cuerpo maduro había despertado mis más profundos deseos.

Cuando entramos en la casa yo estaba luchando internamente con aquel sentimiento de hijo incestuoso que deseaba a su madre. Observé el hermosos, el excitante cuerpo de mi madre que se movía alegre por la casa y me despedí para marcharme a mi habitación.

-¡No, por favor hijo! – Me dijo. – Necesito que me hagas un último favor. – La miré y su cara mostraba preocupación. - ¡Hoy necesito que duermas conmigo! ¡Después de esa terrible película soy incapaz de dormir sola en mi habitación! – Su hermosa cara me imploraba que no la dejara sola. – O eso o me meto en la tuya…

Tanto miedo tenía que me acompañó a mi habitación para coger mi pijama y después marchamos a su habitación. Me quité la ropa y mientras la miraba de reojo en el espejo del ropero. Podía ver su excitante cuerpo cubierto sólo por aquellas diminutas bragas y aquel sujetador. Y entonces todo empeoró, se quitó el sujetador y liberó sus redondas tetas. Pude verlas perfectamente en el espejo y ella me miró en el reflejo lanzándome una dulce sonrisa. Sus oscuros pezones me hipnotizaron, no pude apartar la vista de ella.

-¿Crees que estoy gorda? – Me preguntó poniéndose de lado para mostrarme su dulce y excitante barriga.

-¡Mamá, si no fuera tu hijo no te escapas esta noche!

-¡Ramón, me estás asustando! – Reía divertida al ver como reaccionaba yo. - ¡Seguro que muchas chicas quisieran estar contigo como lo estoy yo ahora! – Se colocó un camisón y se metió en la cama.

Me puse mi pijama y también me metí en la cama temiendo tener tan cerca a mi deseada madre. En cuanto me tapé, ella agarró mi brazo y lo extendió en la cama para colocar su cabeza sobre él y echarse de lado, dándome la espalda. Podía sentir su calido cuerpo junto a mí, temí no ser fuerte y hacer algo de lo que pudiera arrepentirme toda mi vida. Me giré hacia ella y la abracé. Ella se movió para acomodar su cuerpo junto al mío e intenté que mi sexo quedara lo más lejos posible de su redondo culo para que no notara la excitación que lo embriagaba. Poco a poco, envuelto en aquel nuevo sentimiento de amor y excitación, sentí que me iba durmiendo.

Podía sentir entre mis brazos su cuerpo. Moví mi mano que reposaba en su barriga y aprecié el contorno de su cuerpo. La desplacé hacia arriba hasta que mi dedo gordo topó con uno de sus pechos. Al momento mi pene empezó a tomar un tamaño que no podía pasar desapercibido. Dejé mi mano parada sintiendo el contacto de aquella teta. Por unos minutos no me moví. Ella estaba dormida y me sentí más valiente, necesitaba sentirla más. Moví la mano de nuevo hasta que la coloqué en aquella teta, como cogiéndola por debajo con la palma de mi mano. La tenía totalmente llena con la redondez de mi madre, esperé para ver si aún dormía. No se inmutó. Mis dedos empezaron a moverse sobre ella, sobre su teta y podía apreciar que su pezón se iba endureciendo y empujaba la tela del camisón. Mi dedo índice empezó a hacer círculos alrededor de su endurecido pezón. Se agitó y me detuve al momento quitando la mano de su dulce asiento. Ella se colocó boca arriba entre mis brazos. Bajé mi mano delicadamente, furtivamente, para seguir robándole caricias impropias de un hijo hacia su madre.

Mi mano se posó en uno de sus muslos, en el que quedaba más lejos de mí. Mi pene se apoyaba ahora contra su costado. Si hubiera estado despierta seguro que la hubiera notado pues la sentía más grande de lo que nunca la tuve. Moví la mano sobre la tela que cubría parte de su pierna hasta llegar al filo. Volví a recorrer el camino andado, empujando la tela para descubrir sus piernas hasta que sentí el roce de la delgada cinta de su tanga. Con un dedo recorrí aquella cinta por la parte superior. “Su sexo tiene que estar descubierto”, pensé y mi dedo acarició el pequeño triángulo de tela que lo tapaba, bajando cada vez más, buscando el lugar deseado que se encontraba entre sus piernas, la entrada al placer de mi madre.

Sentía la fina tela en la punta de mi dedo y empecé apreciar el comienzo de sus labios vaginales. Mi pene ya no podía crecer, ahora quería lanzar su contenido sobre ella. En mi dedo sentía el contacto de los dos muslos mientras intentaba colocarse entre ellos. Inesperadamente sus piernas se abrieron un poco más, como si me ofreciera su sexo para disfrutar de mis caricias. Me asusté y me quedé inmóvil sin dejar de tocarla con mi dedo. Ella giró la cabeza y la colocó mirándome. Estaba preciosa con sus ojos cerrados. Me dio un beso en el hombro y masculló algo que no entendí.

Me separé un poco asustado de que descubriera el tamaño de mi pene y su mano cayó entre nosotros, justo a la altura de mi henchido miembro. Pero mi dedo no se separó nada de la tela que cubría la deseada entrada del sexo de mi madre.

Mientras sentía los dedos dormidos de la mano de madre en mi pene, mi dedo siguió explorando furtivamente su sexo. Bajaba y subía apreciando sus labios. Estuve un rato tocándola y sintiendo su mano en mi pene.

Entonces metí mi mano bajo su camisón, desde abajo y acaricié su vientre y su barriga, subiendo suavemente y despacio para alcanzar sus pechos. Mi corazón latía acelerado, sintiendo aquella dulce y malvada excitación que me producía el cuerpo de mi madre. La miraba mientras mi mano recorría su cuerpo. Su dulce boca parecía pedirme un beso, deseaba dárselo y acerqué mi boca a la suya un poco más. Podía sentir su tranquila respiración.

Mi mano empezó a recorrer la redondez de sus pechos que caían a ambos lados de su cuerpo. Busqué sus pezones y los encontré erectos, esperando mis caricias. Primero jugué con uno. Acerqué un poco más mi boca a la suya. Después pasé al otro pezón y no pude aguantar más. Mis labios rozaron los suyos levemente, dándole un suave beso que encendió aún más mi lujuria. Me separé y me quedé a pocos centímetros de su boca, sintiendo su respiración mientras mi mano bajaba para buscar su sexo.

De nuevo empecé a acariciarla suavemente. Ahora busque el filo del lateral de sus bragas y mi dedo entró en contacto directo con la piel de su sexo. Mi  dedo recorría sus labios vaginales directamente, de arriba abajo, haciendo una imagen mental de su sexo, de aquel sexo que me tenía obsesionado desde aquella tarde en que la vi desnuda. Poco a poco sentí como sus labios se iban humedeciendo, sin duda en su sueño se estaba excitando. Por su parte superior pude sentir su clítoris, su enorme clítoris que sobresalía de aquellos labios.

Sus piernas se abrieron un poco más y su cuerpo se agitó levemente. No cesé en mis caricias. Su boca se movió y acerqué mis labios para besarla como antes había hecho. Ahora sus labios se movían y parecían corresponder a me beso robado. Con mis labios presioné sobre su labio inferior y para jugar con su boca. Ella me correspondía en aquel sueño del que no deseaba que se despertase.

Mi dedo se estaba mojando con los leves flujos que su sexo lanzaba y poco a poco empecé a separar sus labios y mi dedo empezó a entrar en aquel deseoso sexo, el sexo de mi madre. Podía sentir el endurecido clítoris que yacía húmedo entre los delicados labios del sexo de mi madre. Deseaba penetrarla con mi dedo… con mi pene. Empujé un poco más recorriendo el clítoris, hundiéndome cada vez más en aquella húmeda cueva, hasta sentir como todo el calor y los flujos de la vagina de ella envolvían mi dedo que se agitaba para darle placer.

Mis labios besaban los suyos, jugando con ellos, sus leves movimientos me correspondían. Sus dedos se movían sobre mi pene y me daba placer, estaba borracho por el placer que me daba aquel sexo furtivo con mi madre y sentía que me iba a correr. Saqué mi lengua y acaricié sus labios, esperando que la suya saliera a jugar con la mía hasta fundirnos en un gran beso.

-¡Ramón! – Los ojos de mi madre se abrieron de par en par. - ¡Ramón!

Desperté en medio de la cama, abrazado a la almohada, erecto y a punto de eyacular. Mi madre estaba levantada y me llamaba.

-¡Ramón, levántate que ya son las diez! – Me decía mientras acariciaba mi cabeza. - ¿Qué te pasa que estás medio sollozando.