Orgullo y Prejuicio

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La casa es seria, asegura sin que nadie se lo pregunte. Con estas garantías, que hablan de trabajadoras debidamente registradas, sanas y con los códigos de la profesión bien aceitados, Naná da la bienvenida. Es casi medianoche y todavía quedan algunos lugares vacíos en un estacionamiento en el que a nadie se le da por mirar matrículas ajenas. En la entrada, luego de sortear al grandulón que custodia por si alguien se hace el vivo, un bar, un televisor enclavado en un canal deportivo y un par de sillones parecen, simplemente, una excusa para animarse a atravesar el umbral que lleva a ver lo que hay:

tres corredores con mujeres apostadas en la puerta de su habitación dispuestas a ofrecer sus atributos para satisfacer los deseos más básicos de caballeros de toda edad, apariencia y condición social. Cada uno de esos hombres tendrá sus razones para estar allí, pero eso no importa a nadie, siempre y cuando tenga en su billetera lo suficiente.

 

Romina, tal el nombre que la chica de 22 años ha elegido para ejercer su oficio, se regodea con las fotos y posa encantada de la vida, tomando la precaución de no dejar su rostro al descubierto. ¨Que no se me vea el tatuaje”, advierte. “Mis hijos lo conocen de memoria”. Aun así, sigue las indicaciones del fotógrafo como una auténtica profesional. Después, confiesa que no todos los hombres vienen a buscar lo mismo. Algunos, incluso, ni siquiera quieren sexo. “Te juro que a veces vienen tipos que quieren hablar, contarte sus cosas, o gente que quiere que le hagas caricias y que luego te invitan a tomar algo. No todo es sexo puro”,afirma esta prostituta que ocupa desde hace dos años una de las habitaciones, luego de abandonar su trabajo en el supermercado por el que ganaba, al mes, seis mil pesos, “la mitad de lo que puedo hacer a veces en una noche”.

Los corredores se van llenando, pero Naná insiste en que todavía hay pocos clientes. A mitad de enero, por acá no se puede transitar, dice. Algunos hombres la saludan con respeto, la felicitan, le dicen que es la mejor de Sudamérica, le agradecen. “Me aman porque yo les doy lo que quieren”.
Sin embargo, la madama de 78 años que se mueve en este ambiente como pez en el agua, advierte que su gran conquista es haber mejorado la calidad de vida de la mujer. “Logré que cambiara su vida, antes la mujer sí era explotada, sí era condenada a una cantidad de cosas. Ahora es dueña de su vida, dueña de su cuerpo, ahorra dinero, se compra lo que quiere, no está sometida a nadie, no tiene que pedir permiso a nadie, mantiene a sus hijos. He logrado que la mujer que trabaja en esto se ame y se sienta digna”.

–¿Cuándo empieza la temporada?
–La temporada abre totalmente después del 25 de diciembre.

–¿Hay chicas de temporada?
–Sí, hay entre diez y quince. La chica de temporada tiene que ser espectacular, bonita, simpática, con don de gente, que sepa hablar… hay una cantidad de detalles.
 
–¿Ellas se presentan y usted las elige?
–Sí, se presentan y yo les digo sí o no. Muchas veces digo que no. Lo primero que les pregunto es si consumen drogas y alcohol. Si dudan ya no sirven. Lo más elemental es que no consuman drogas ni alcohol, después seguimos hablando. Luego le pregunto si tiene la libreta de profilaxis, si trabajó en algún lado en el que la llevaron presa, si estuvo detenida, con quién vive, de qué vive. Después de todas las preguntas de la salud me voy a la familia, tenés marido, cuántos hijos… tengo que saber todo y a qué atenerme.

–¿Hay trabajo todo el año?
–Gracias a Dios. El único problema que tenemos es que los hijos de las chicas van a colegios y a veces, en época de clases, tienen que estar más con ellos.

–¿Cómo manejan esto con sus hijos?
–No sale a la luz, los hijos no lo saben. Para ellos, ellas trabajan en sanatorios o en otros lugares. A veces ni siquiera las abuelas saben.

–¿Es denigrante ser prostituta?
–Para el público sí.

–¿No para usted?
–Para mí es altamente honroso trabajar en esto. La gente no conoce y piensa mal. Yo, cuando era chica, miraba a los basureros y pensaba "son muy pobres por eso tienen que hacer este trabajo". Y mi mamá me decía que es un trabajo que hay que hacer. No es por pobreza que lo hacen, sino porque es un trabajo, y alguien lo tiene que hacer. Y esto también: alguien lo tiene que hacer. No lo quiero comparar con la basura, pero la prostitución se ve como algo feo, que a la gente no le gusta saber, pero que existe y que alguien tiene que hacer. Prostitución es sinónimo de alcohol, drogas y mujeres explotadas. Eso no tiene nada que ver con mi casa. Acá las chicas están muy adiestradas, en el buen sentido. Saben que un hombre cuando quiere a una mujer, la saca de los pelos de acá.

–¿Conoce historias de hombres que se hayan enamorado de chicas de un prostíbulo?
–Sí, muchas. No te olvides que conocen todos los códigos de la relación sexual. Cuando una mujer que no es prostituta va a tener una relación sexual no hay una conversa previa, no se habla de qué te hago y cómo lo hacemos, sale, surge. Acá no, acá está todo cronometrado. Acá se negocia, es un negociado y el negociado trae aparejado un conocimiento de ambos, sin querer. Todo lo que tiene una relación de pareja está explícito acá.

–Si no hubiera visto tantos hombres dando vueltas por sus corredores, pensaría que el hombre que paga por sexo es un pobre tipo que no consigue con quién acostarse y que entonces debe pagar…
–No, no es así, acá obtienen cosas que ni locos les piden a sus novias.

–¿Y usted piensa que es bueno que vengan a buscar acá lo que no se animan a pedir en su casa?
–Tal vez sería mejor que se lo pidieran a su novia pero no siempre se da porque las mujeres tampoco se animan a hacerlo. Los prostíbulos tienen que estar al servicio del hombre, hay hombres que no saben cómo tienen que hacer para tener sexo con una mujer, no saben cómo decirle me quiero acostar contigo y saben que si pagan es mucho más sencillo. Pagando obtienen una relación sexual. Entonces la única forma es esta. Y después, él no tiene más nada que ver con ella, ella no tiene más nada que ver con él. Hoy por hoy el hombre quiere ser libre, se acostó, le pagó y adiós que te vaya bien. Yo hago charlas para despedidas de solteras y escucho todo el tiempo a las chicas que dicen que si hacen tal o cual cosa, el novio va a pensar que son unas locas y se lo van a contar a los amigos. En cambio acá, quieren sexo oral, pagan y lo tienen. Algunos quieren sexo anal y ni se les ocurre pedírselo a sus esposas.

–¿Cómo es eso de las despedidas de soltera?
–La despedida de soltera consiste en tres horas de charla, les hablo de las enfermedades de transmisión sexual y después voy explicando por qué se hace el sexo oral, el sexo anal y el sexo vaginal, y por qué le gustan al hombre determinadas cosas. Cuando llegamos al sexo anal, la mayoría dice, "yo ni loca, yo ni muerta, yo no lo hago". Hay una cantidad de pruritos y yo les digo: "así ustedes están descuidando a sus maridos".

–A usted le conviene que lo hagan.
–No. A mí me parece que la pareja tiene que ser para todo, lo que pasa es que siempre hay gente que está sola o carente, o que quiere estar con alguien diferente. Paga y adiós. Terminó el problema. Pagar constituye impunidad. Nadie puede decir nada. La chica no puede denunciar, no puede hablar, no puede ir a la casa de él, no tiene
derecho a hacer nada. Son códigos; el código de la prostituta es no comentar ni decir lo que hace con un hombre. Puede pasar de todo como de repente no pasar nada. Y ella tampoco puede decir nada. Entró el hombre y sale el hombre. ¿Qué pasó? No se dan detalles. Es razonable y tiene que ser una especie de secreto profesional.

–¿Qué opina de otros lugares donde trabajan las prostitutas?
–¿Whiskerías o casas de masajes? No estoy de acuerdo, no hay privacidad, no hay higiene. Hay veinte chicas y cuatro habitaciones. Zapatero a tus zapatos. La prostituta al prostíbulo. La relación prostibularia tiene que darse en un lugar donde haya una cama, con un
cuarto, con un baño, sus sábanas y todo lo que se necesite.

–¿ellas negocian el precio con usted o ponen el precio que quieren? –Ellas negocian el precio con el cliente. Tienen un tope entre ellas. Es otro de los códigos de compañerismo, menos de esto no cobramos.

–¿Y usted qué cobra?
–El uso de la habitación. Yo no las exploto a ellas, pongo mi nombre, la casa y todo lo demás. Mi nombre es sinónimo de seguridad, de seriedad, de confianza que considero que me he ganado. Y se sabe que las chicas de La Casa de Naná no van a hacer papelones, no van a robar, ellas están registradas en la policía, tienen que
firmar papeles.

–A veces, imagino, será el cliente el que no quiere pagar.
–No, para que eso no pase la policía tuvo buen tino: no se permite pagar después, la chica tiene que cobrar antes.
–Me decía una de las chicas que a veces hay hombres que vienen a charlar.
–Sí, es verdad. Por eso en las charlas que doy en las despedidas de solteras yo les digo "estén con su marido. Mímenlo, atiéndalo, escúchenlo, no lo interrumpan, no le griten, háblenle bien, no vayan a situaciones álgidas, de problemas, no pidan, cuando están en la cama no hablen de temas económicos, siempre todo bien, porque es un lugar sedante, no hagan reproches, la cama no es para hacer reproches. Esas son cosas que no deben existir".

–¿Pagar tiene cierto morbo?
–No es morbo, es una exquisitez, es como ir a un restaurant carísimo y comer un plato exquisito. Es pagar un plato exquisito. Les gusta pagar, el placer de pagar es por el hecho de que los satisfagan, no les van a hacer nada a medio camino.

–Al no poder entrar menores de 18 años, ya los adolescentes no debutan en prostíbulos.
–No. Eso pasaba veinte años atrás cuando se podía traer adolescentes de 16 años, pero ahora no se permite. Antes sí debutaban con nosotras los chicos de 15, 16 o 17 años. Si los chicos pudieran venir hoy a un prostíbulo sería más sana y más divertida la juventud. ¿En qué se van a entretener los chiquilines? Ahora, lo que los chicos hacen, es tomar alcohol para obviar la relación sexual, es ridículo. A mí me parece que a los 16 años debería estar permitido que pudieran entrar para estar con una mujer, no antes.

–Pero ahora quizás no lo necesiten. Pueden tener relaciones con sus compañeras de clase.
–No estoy de acuerdo con eso porque quedan embarazadas de una relación que termina siendo efímera. No hay sentimiento, un chico de 16 años no puede tener algo tan sentimental de amor y de una relación duradera. Un chico de 16 años quiere acostarse, poder evacuar lo que tiene que evacuar y listo.

–¿Y cómo deberían debutar las chicas?
–Siempre van a estar mirando mal a la jovencita que tenga relaciones sexuales, una chiquilina sería normal que tenga relaciones a los 18 años, la mujer sabe que aguanta. Además, una chica jovencita que queda embarazada tiene todo para perder y el hombre todo para ganar. Hay una cantidad de problemas que la mujer tiene y que el hombre no. El hombre se pone un preservativo y marcha.

–¿Por qué empezó en este negocio recién a los 45 años?
–Porque se me dio, la vida se me dio de esa manera. Yo hacía pestañas implantadas, las pestañas implantadas de María Alejandra que en aquella época eran muy famosas. Después vendí todo, me fui a Brasil, creí que podía fabricarlas y venderlas allá, pero había que tener documentos y me tuve que volver al Uruguay sin nada.

–¿Estaba sola?
–Sola. Lo que pasa es que estaba tan entusiasmada con las pestañas implantadas que yo pensé que podría fabricar en Brasil y vender en Brasil. Pero me tuve que volver y ya tenía 44 años. A esa edad no tenía posibilidades de conseguir un trabajo, no tenía conocimiento de nada, yo no tengo preparación de nada, para mí fue muy difícil. Los empleos que me ofrecían eran arcaicamente pobres. Tenía una amiga que era dueña de un prostíbulo en Punta del Este y me metí en esto con 45 años.

–¿Le parecía algo malo?
–Espantoso.

–¿Qué decía su familia?
–No tenía a nadie. No tuve hijos, mi madre había muerto, no tengo hermanos, tíos, nadie. Yo estaba muy bien físicamente y empecé a trabajar, pero lloraba, se me caían las lágrimas, me costó tres meses de sangre, sudor y lágrimas porque a una mujer de 45 años no le podés decir que vaya a pararse en una puerta a trabajar de prostituta. Fue muy fuerte para mí, yo vengo de una época distinta. Hacía lo mismo que hacen las chicas hoy acá, pero sin tanto desenfado.

–Y se terminó acostumbrando.
–Sí, además, cuando empecé a agarrar confianza, empecé a cantar y bailar. Era el año 78 y yo vine a colonizar. Cambié la estructura, yo empecé muy tímida pero me di cuenta que si cantaba y bailaba era mucho mejor. Yo había vivido dos años en Río y había traído esa cosa que tienen los brasileros, le di a la prostitución una alegría que no tenía, era una cosa sórdida, triste, como que no había más remedio que estar parada ahí.

–¿Cuánto tiempo estuvo con su amiga?
–Estuve un año, después hubo un problema, estábamos en época de facto, cerraron los prostíbulos y demoraron un año para abrirlos. Yo había trabajado y tenía dinero que había ahorrado. Esperé un año más y me llamaron de la policía. Me dijeron que me iban a dar el permiso para abrir una casa porque entendían que se necesitaban muchísimos prostíbulos. Un coronel me dijo que tenía que abrir un prostíbulo y yo le dije que yo no sabía nada del negocio y me ayudaron a abrir, a hacer los controles de salud. Aunque parezca mentira, los controles de enfermedades de transmisión sexual empezaron en los prostíbulos, la reglamentación de la prostitución fue muy buena para eso. Alquilé una casa que era de una dueña que estaba presa, y después me hice mi propia casa que es acá. Trabajé seis años y luego me dediqué a cuidar a las chicas.

–¿Ganan mucho dinero?
–Sí, se gana bien pero hay que trabajar. Esto es un trabajo. Y la casa exige, si no viene la chica con la libreta sanitaria no trabaja.

–Estuvieron hace poco de National Geographic. ¿Qué vinieron a buscar?
–Me llamaron por teléfono, me dijeron que habían averiguado que yo era una persona muy conocida y que había llegado la noticia de que tenía esta casa desde hacía 30 años. Queremos saber cómo logró sobrevivir 30 años, me dijeron. Claro, ellos que son colombianos conocen un prostíbulo a otro nivel. En Colombia jamás aguantaría un prostíbulo 30 años y querían ver cómo era esto. Eso llamó la atención y para mí es un orgullo que haya llamado la atención. Estuvieron tres días acá, buenísimos, fascinados, y para mí es un orgullo que vean en Uruguay lo que es el orden. Porque orden en un prostíbulo es imposible que haya. Acá, cada chica está en su habitación, no puede salir de la puerta, cada una tiene su lugar para atender al cliente.

–¿No entran mujeres?
–No, sería Sodoma y Gomorra esto. No. Puede venir una periodista pero no una mujer a buscar otra mujer, no es legal, pero no es legal porque es para lío, se entra a competir.
–Pero la realidad es que hay mujeres a las que les gustan las mujeres.
–Sí, llaman mujeres, piden mucho pero no pueden venir acá. De repente arreglan con alguna chica que lo quiere hacer y eso se transa, pero no acá.

–¿Cuál es el público que más frecuenta la Casa de naná?
–Vienen hombres de todo tipo.
–Pero ¿cuál es el perfil del cliente que viene habitualmente?

–En la temporada no vemos uruguayos. Vienen argentinos, brasileros, chilenos, paraguayos, colombianos, venezolanos, europeos, americanos. De todas las razas y nacionalidades habidas y por haber. Fuera de temporada, vienen los uruguayos y también los congresos traen muchísima gente. Punta del Este es un lugar de congresos y el congresista después de pasar un día de charlas, va a cenar y viene, da una vuelta… Hay chicas muy lindas acá, cuidadas, atendidas, responsables. También hay quienes
contratan directamente a la chica para todo un fin de semana, por ejemplo. Y la chica tiene que dejar dicho a qué lugares va. Tenemos que saber a dónde va, qué hace, todo se controla, no porque nos afecte, sino porque tenemos que saberlo por seguridad.

–¿Y qué es lo que más piden?
–El hombre uruguayo por lo general quiere que sienta ella, es solidario, quiere que la mujer tenga su orgasmo. El argentino quiere pasarla bien él, no le importa que la mujer sienta o no sienta, el argentino está para pagar y sentir él y es lo que tiene que ser. El uruguayo tiene esa tendencia a querer mejorar la calidad de vida de la mujer que después no creo que sea lo mejor, si paga una relación es para que él disfrute y pase bien él, pero para hacer pasar bien a ella, ya es más complicado. El argentino es maravilloso en ese sentido, pasa bien y es a lo que viene; no viene a hacer patria para los demás.

–¿Y los de otras nacionalidades?
–Los extranjeros también, vienen a pasar un rato agradable, con o sin relación sexual. Los europeos son más de invitarlas a cenar, son muy gentiles. Muchas veces vienen y la invitan para la noche siguiente. Es muy común también que se las lleven a jugar al casino. También piden mucho sexo oral-anal, tan es así que inventé un aparato para no tocar con la boca la parte más íntima del hombre. Es un aparato de silicona, al que se le pone gel y le da un placer muy excitante en la zona anal del hombre donde la mujer pasa la lengua.

–¿A los hombres no les cuesta admitir que les gusta algo que está relacionado a la homosexualidad?
–No, en absoluto. No se anima a admitirlo ante su esposa, pero yo hago votos para que sí puedan hacerlo, no son por eso maricones ni afeminados. También hay hombres que piden penetración con consoladores y ese es un placer que le brinda una mujer. A mí me gustaría que las mujeres abrieran sus cabezas y se dieran cuenta de lo que les gusta a sus maridos. ¿Por qué no les vamos a dar lo que ellos quieren? Los obligamos a que vayan a un prostíbulo a pagar por sexo anal, o por un sexo oral-anal. El tipo quiere variaciones sexuales. Hay una cantidad de pruritos de la mujer que hacen que el hombre tenga que venir acá. Todo lo que no hacen en la casa lo vienen a hacer acá, así que el sexo vaginal es lo de menos.

–Usted se quedaría sin clientes.
–No, yo siempre voy a tener clientes......