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La mujer del camionero

Él y su vecina pasaban mucho tiempo juntos ya que ella se encontraba muy sola y sin apenas darse cuenta poco a poco fueron intimando cada día más. Acababa de mudarme hace unos días. Me había separado de mi mujer, con la que llevaba viviendo casi 11 años y me disponía a reemprender la anhelada vida de soltero. Como es normal cuesta bastante aclimatarse a esta nueva situación tras muchos años de convivencia marital. Gente nueva, lugares nuevos y nadie que te tape por las noches... El edificio era relativamente nuevo. Casi todos los pisos estaban ocupados por parejas de gente joven que no podía pagarse un piso más caro. A los pocos días conocí a Charo, la vecina de al lado, una chica joven que vivía con su novio, Julio, que trabajaba de camionero. Charo era normalita, pero tenia algo que hacía que los hombres la miraran. Era rubia, no muy alta y tenia dos grandes senos que cuando se ponía escote mostraban todo su encanto oculto y un cuerpo que no era espectacular pero que mostraba sus formas en todo su esplendor. Por lo demás se la veía bastante triste en las temporadas que Julio, por su trabajo, pasaba fuera de casa, lo cual sucedía con frecuencia. Vamos que iba mas quemada que el motor del camión de su novio. Como los dos estábamos solos, pasábamos mucho tiempo juntos, jugando a las cartas y hablando de nuestras cosas. Pronto surgió una amistad intima que presagiaba algo más intenso, o al menos, ese era mi objetivo a largo plazo. Ella pareció encontrar en mi, una especie de asesor espiritual, y me contaba todo lo concerniente a su relación con Julio. Habían pasado por momentos tensos, dado el aparente desinterés de Julio en las relaciones sexuales que mantenían. No sabía que hacer y pasaba las tardes pegada al televisor enganchada a alguno de esos programas para amas de casa desconsoladas. Yo no quería meterme en medio de una relación estable, pero los hechos se desencadenaron y no pude hacer nada por evitarlo. Todo ocurrió durante uno de esos interminables viajes de Julio. Ella se presentó en mi casa por sorpresa con cara de haber llorado, lo cual la hacía aun más apetecible y tentadora. Según me contó había descubierto que Julio, en sus viajes, solía frecuentar la compañía de prostitutas de carretera, algo por lo demás, común entre los camioneros, dado las largas temporadas que pasaban fuera de casa sin poder desahogarse. Yo la consolé como pude pero ella se puso a llorar en mi hombro. Desde esa posición podía contemplar como la bata que llevaba puesta dejaba entrever sus dos grandes senos, coronados en sendos pezones oscuros. Sin saber como mis manos aferraron su cintura y la atraje hacía mi buscando consolarla. Le di un beso suave en la frente y ella disimuladamente buscó mi boca. Al poco, sus manos buscaban mi bragueta con ansiedad, como necesitando aferrarse a un nuevo miembro que sustituyera al del camionero. Yo no quise defraudarla y me baje los pantalones para facilitarle la tarea. Ella se arrodilló, comenzó a lamerme los testículos y fue subiendo por mi verga hasta introducírsela completamente en su traquea, cosa difícil dadas las medidas que ostento, casi 23 cms. Mientras tanto yo le sobaba las tetas por encima de la bata y ella emitía pequeños gemidos , no sé si de pena o de placer. La situación se estaba poniendo tensa. La agarré del cabello y la tendí bruscamente sobre el sofá. Acto seguido, le baje sus diminutas braguitas, para comprobar que tenia el coñito rasurado, como le gustaba a Julio. Frenéticamente me lancé a lamer su conejo, encharcado de flujos a estas alturas, a lo que ella respondía gritando mi nombre junto al de Julio, algo un tanto molesto, pero bueno, no estaba en situación de realizar muchas protestas. Mientras realizaba el cunilingus, me abría paso entre sus gloriosos glúteos, buscando la pequeña cueva de las maravillas que debía esconder tan fogosa mujer. Y en efecto, una vez la encontré comencé a penetrarla por el culo con uno de mis dedos, a lo que ella respondió con notables muestras de goce. Follame ya! - me exigió, abriéndose aun más si cabe. Y yo, me subí encima, embistiéndola de un golpe hasta el fondo. Después de varias acometidas note como ella me clavaba las uñas en la espalda, signo inequívoco de su orgasmo, pero yo aguanté hasta dos más de ella, para correrme en el preciso momento en que ella alcanzaba el cuarto. Como no llevaba condón, saque mi pene para eyacular sobre sus tetas, pero ella reclamó para sí todo el semen y tragó con ansiedad animal toda mi descarga. Permanecimos adormilados el resto del tiempo, y yo no podía creer como había llegado a aquella situación tan comprometida. Hay estaba la vecina de al lado, totalmente desnuda, con un hilillo de semen colgado de sus labios, aferrada a mi por ahora relajada polla. Y el caso es que la situación se repitió en los días sucesivos, en una frenética huida hacía delante de Charo, que comenzó a servirse del sexo como terapia para sus problemas con Julio. Lo cual a mi, como comprenderéis, me pareció absolutamente genial.

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